Los gatos

José Luis Martínez S.
dom 05 ago 2012 01:15:59 CDT.

El cartujo arroja una moneda a la fuente del Parque España, en la colonia Condesa, y pide un deseo. La luna se abre camino entre las nubes y brilla intensamente esta noche de verano, cálida y apacible. Está solo, como siempre. Acaba de ver la obra Los gatos en el Foro Círculo Teatral, creado por el actor Alberto Estrella, donde la imaginación supera todos los obstáculos y los jóvenes encuentran la oportunidad de dar rienda suelta a sus anhelos de pisar un escenario, así sea tan pequeño como éste, en el cual Andrómeda Mejía, Leticia Olvera, Marisela García, Augusto Pedraza, Christian Muñoz, Armani Cabrera, Vicente Ferrer, Andrés Villanueva y Carlos Castellanos, dirigidos por Víctor Carpinteiro, recrean el drama de Jesús González Dávila, quien hizo de los bajos fondos su leit motiv.

Los GatosSentado en un columpio, el amanuense recuerda con zozobra aquel día de finales de los ochenta cuando vio en el Teatro del Bosque el realismo extremo de De la calle, la obra de González Dávila dirigida sin piedad por Julio Castillo. No podía ser de otra manera cuando habla del mundo violento y sin esperanza de los marginados, no exento de humor amargo. En Los gatos sucede lo mismo.

Es un ejercicio interesante con actores noveles (quienes se alternan en la puesta en escena) y una escenografía mínima, hecha de papel periódico. La pornografía, el lenocinio, la prostitución infantil, el abuso de autoridad, la maldita pobreza, son los verdaderos protagonistas de Los gatos. Aquí no caben los sueños y el amor se derrumba con el viento más ligero.

Escrita hace más de 40 años, la historia conserva una absoluta vigencia —en la Ciudad de México, por ejemplo, no son extrañas las escenas de campamentos de indigentes, de edificios ruinosos habitados por ejércitos de desharrapados, de muchachos y muchachas prostituyéndose en las calles, de lenones coludidos con autoridades para explotarlas. La dramaturgia de González Dávila, ha dicho Vicente Leñero, “tiene la virtud de sorprender y orillar a sus personajes a situaciones tan extremas que de ellas brota una sordidez del alma que termina moviéndonos a compasión”.

En esta pieza, quién no se conmueve cuando una pareja de prostitutos adolescentes se desprende de su posesión más preciada, un gato amarillo, para pagar la renta. O cuando Vera lucha por conservar su relación y los ideales de libertad, con su novio, con quien vive en un puesto de revistas donde sólo exhiben obras hechas por él. Pero su voluntad se quiebra y su belleza le abre las puertas a la miseria de la pornografía. Una mujer, lujuriosa, ambiciosa, loca, encamina a todos hacia el abismo y deviene paradigma de un sistema social cruel y destructivo.

Teatro del dolor —Leñero dixit—, el de González Dávila es una bofetada a la indiferencia de quienes suelen —solemos— mirar la desdicha desde la barrera de la hipocresía, los prejuicios y el miedo… QUERIDOS CINCO LECTORES, con la meditabunda Georgina Holguín, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

Publicado originalmente en:

La Revista MILENIO SEMANAL y

http://blogs.milenio.com/node/4057

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

En archivo