| El acto de ver |
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| Arte - Arte México | |||
| Martes, 17 de Mayo de 2011 17:26 | |||
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Pienso que una película tiene que ir precedida de un sueño, bien de un sueño propiamente dicho, del que se acuerda uno al despertarse, o bien de un sueño diurno. No quiero generalizar eso, pues seguramente no sirva para todas las películas. Muchas no precisan de sueño alguno, son resultado del cálculo y, por tanto, no constituyen inversiones de tipo emotivo sino de tipo económico. Pero no me refiero a esas películas, Me refiero a películas que tienen alma, en las cuales se percibe un centro, que manifiestan una identidad. Y todas ellas han sido "soñadas", de eso estoy seguro.
¿Cuál fue el sueño de Bis ans Ende der Welt (Hasta el fin del mundo). ¿Qué le ha salvado la vida durante más de doce años? ¿Cuál fue la imagen primigenia? ¿La historia de amor, la película de ciencia-ficción, la road-movie? ¿O la combinación de todos esos géneros y motivos? Tengo la impresión de que, desde el principio, tenía detrás algo distinto dotado de fuerza para unir todos esos elementos dispares, un tema genérico, común a todos ellos. Recuerdo que mi primer cuaderno de apuntes para la película estaba encabezado por un lema de Roland Barthes, tomado de Fragmentos de un discurso amoroso . "Imagen: en el terreno del amor, las heridas de mayor gravedad provienen más de lo que se ve que de lo que se sabe". Misteriosa como me pareció la 'frase en un primer momento, sentí que tenía mucho que ver con nuestra película, que por aquel entonces era todavía un proyecto, relacionando el "amor", las "imágenes" y el "ver". En el deseo de hacer una película de ciencia-ficción influye mucho, precisamente, el hecho de que le permite a uno tomarse enormes libertades. Se le puede sacar mucho partido, por así decirlo. Cuanto más se asoma uno al futuro, más amplia libertad de movimiento se tiene (lo que suele molestarme de las películas de ciencia-ficción es que apenas se toman libertades. En las películas de ciencia-ficción de los años cincuenta, las personas se comportan como en los años cincuenta, en las películas hechas en los setenta y ambientadas mil años más tarde siguen hablando como en los años setenta, trasladan a todas las épocas los mismos conflictos pequeñoburgueses que existen en nuestro agarrotado siglo XX). Ante todo, este género refleja, al parecer, más la época correspondiente que el propio futuro. En mí tampoco sería algo muy distinto, pensé. Mi película es una película del año 1990 y trata de la proyección al año 2000, también desde mis/nuestros temores, esperanzas y deseos actuales referentes a ese futuro cercano. Puede decirse que mucho no podrá cambiarse en diez años. Pero, sin embargo, ese pequeño margen de tiempo nos daba libertad para representarnos algo y para imaginarnos cosas que hoy todavía no existen. ¿Qué es lo que más me interesaba del futuro? ¿Se relacionarían las personas de otra manera entre sí? Mirando hacia atrás, hacia los años ochenta, me pareció que siempre se podrían encontrar pequeños saltos en la conducta, en las formas de expresión y de relación. Por eso hemos querido tener presente eso en el guión y en la interpretación de los actores. Hemos hecho muchos encuentros más directos, más bruscos, más francos que como serían, quizá, en estos momentos. Pero parecía excesivo querer decir que una historia de amor se desarrollaría de manera distinta a la actual, que fuese a cambiar algo fundamental entre los hombres y las mujeres. Nuestra historia era ya, de todas formas, una inversión de una de las historias más antiguas de hombres y mujeres: en Peer Gynt, Solveig espera durante toda una vida a que su marido regrese junto a ella, como le prometió, promesa que él cumple, no sin antes haber viajado por todo el mundo. En nuestra historia, Solveig (¡cómo no!) no le espera ni un segundo, sino que emprende viaje detrás de él. O, siguiendo con la misma historia, aunque quedándonos con la versión más antigua, Penélope no se queda en casa, sino que sigue a Ulises intentando darle alcance. Ahí estaba también la conexión de la historia de amor con la road-movie. En cuanto al hecho de viajar, la predisposición a hacer viajes seguiría cambiando desde luego, en el futuro. Mirando atrás, me ha parecido que, precisamente a este respecto se han dado grandes saltos en los diez, o incluso en los veinte, últimos años. La gente viaja cada vez más, cada vez con mayor naturalidad y cada vez más lejos. El avión, de ser un medio de transporte privilegiado, se ha convertido en algo "normal". Con ello, la Tierra se hace cada vez más pequeña. Dentro de otros diez años, la gente ya le habrá hincado bien el diente y ya no estará a medio camino.
Por eso me pareció que lo más seductor en una película de ciencia-ficción era meditar sobre la futura relación con las imágenes y tomarse libertades con vistas al "futuro del ver". ¿Existía algo así? ¿Podría cambiarse algo del ver, por así decirlo?
Ambas informaciones de la "primera visión" se graban en la misma cinta y se pasan a un gigantesco ordenador que coordina los impulsos cerebrales con la imagen real. Como ya es capaz de reconocer imágenes, "comprende" la "imagen objetiva". Pero la "imagen subjetiva" sigue siendo para el ordenador, como antes, un enigma. Para poder descifrar los innumerables datos procedentes del plasma cerebral, es decir, para comprender qué impulsos cerebrales corresponden a cada elemento de la imagen, cómo ha influido lo visto, por así decirlo, en esas informaciones cerebrales, el ordenador necesita todavía una clave, una fuente adicional de conocimiento que le permita dar con el código. El cámara de la grabación original se somete a un procedimiento que, para hacerlo más sencillo, denominaremos "la segunda visión". En un lugar aislado y en tinieblas se ve enfrentado a sus propias imágenes. Vuelve a ver sus propios registros en un monitor de alta definición. También en esa ocasión, el ordenador graba los impulsos cerebrales. Como el vidente conoce ya la imagen, se trata de un reconocimiento, de un acto de volver a ver y de recordar. El ordenador sigue el movimiento de los ojos sobre la pantalla y, puesto que, al mismo íiempo que recoge la "segunda visión", por fin puede poner manos a la obra: partiendo de esa información conjunta puede ahora filtrar aquellas corrientes cerebrales de que se compone la imagen. Los distintos niveles superpuestos de información funcionan como un tamiz y el ordenador se encuentra ya en disposición de construir, comparando todos esos datos tamizados, una nueva "imagen subjetiva" que consigue definir totalmente en impulsos cerebrales. Esos impulsos los envía entonces a la corteza visual de la persona ciega, suponiéndose que en su centro visual se instalará una sensación que se aproxime a la "visión" y confiando en que, con ello, también el registro de la "primera visión" se comunique de manera reconocible a la persona ciega. Cuanto más concentrada sea la grabación de las imágenes realizada por la persona vidente durante las visiones primera y segunda, mayores posibilidades habrá de que el ordenador pueda formar con ella imágenes reproducibles en el cerebro de El ordenador podría mostrar en una pantalla lo que está "enviando". Esa simulación no sería idéntica a lo que el ciego ve en realidad. De eso no podrá tenerse un conocimiento exacto, salvo por las manifestaciones que pueda hacer la persona ciega. Nos dijimos: "Es una cosa buena, aunque sea utópica, pero también es una acción humanitaria". Pero, como en tantas "buenas acciones", ¿no acecha aquí también el peligro de una mala utilización? ¿No podría ese procedimiento usarse también de otro modo? Es decir, esa situación ficticia de los Farber, ¿no sentaría las bases de una posible utilización perniciosa de la idea? Si un ordenador es capaz de convertir imágenes en impulsos cerebrales, seguramente también sea capaz de aprender enseguida a hacer lo contrario, es decir, a generar imágenes a partir de los impulsos cerebrales. Y cuando lo haya conseguido, ¿qué le impide hacer visibles los sueños y los recuerdos? ¿Qué ocurriría si pudiera uno ver sus sueños en un monitor? De ahí surgió el último capítulo de nuestra película. Y nuestra interpretación de esa posibilidad futura del ver fue que contemplar esas imágenes recónditas del alma humana sólo puede ser un acto dañino, profundamente inmoral o narcisista. En nuestra historia, los únicos que se rebelan contra ello son los aborígenes, cuya religión son las imágenes sagradas interiores, las "imágenes oníricas", a las que otorgan mayor peso que a las imágenes profanas de la "realidad".
HASTA EL FIN DEL MUNDO
Alemania, Francia, Australia, 1991
Título original: Bis ans Ende der Welt Dirección: Wim Wenders Guión: Solveig Dommartin, Michael Almereyda, Peter Carey Producción: Ulrich Felsberg, Jonathan T. Taplin Música: Graeme Revell Fotografía: Robby Müller IMDb: tt0101458tt0101458 Reparto: Solveig Dommartin (Claire Tourneur); Pietro Falcone (Mario); Enzo Turrin (Doctor); Chick Ortega (Chico Remy); Eddy Mitchell (Raymond Monnet); William Hurt (Sam Farber, alias Trevor McPhee); Adelle Lutz (Makiko); Ernie Dingo (Burt); Jean-Charles Dumay (Mechanic); Sam Neill (Eugene Fitzpatrick); Ernest Berk (Anton Farber)
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| Última actualización el Viernes, 08 de Julio de 2011 06:43 |






Wim Wenders, 1991
Sin embargo, mirando hacia atrás, la principal variación que se ha producido desde los años sesenta a los ochenta, pasando por los setenta y hasta hoy, es el cambio de la relación con las imágenes, hasta hace muy poquito tiempo era totalmente impensable todavía la cantidad de imágenes que ahora nos prodigamos. Hace veinte años eran impensables esos aparatos de video manuales miniaturizados, esas Handycams y esos Watchmans, o comoquiera que se llamen, que cualquier niño puede ya manejar. También era totalmente impensable la libre disponibilidad de imágenes que hay ahora. A ello hay que añadir una relación cada vez más confiada con los ordenadores y con el mundo de imágenes que llevan aparejado, con los videojuegos, etcétera. La próxima fase, la "virtual reality", está ya muy cerca y también el camino de la grabación digital de imágenes lo tenemos ahí abierto. Hasta la televisión de alta definición es ya una realidad, aunque todavía no esté disponible de manera general.
En el año 2000 existirán ordenadores que habrán aprendido a ver. Una programación de años con informaciones cada vez más detalladas les permitirá diferenciar los colores y darles un significado. Los ordenadores podrán leer e interpretar las informaciones de las imágenes. Podrán "contemplar" una imagen y "saber" lo que representa. Podrán diferenciar las cosas entre sí, distinguir un gato de un perro, un hombre de una mujer y un rostro de otro. Esa es una parte de la idea.